viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XXXIV

No comí ni bebí durante varios días. Dormí profundamente por las noches. Me despertaba el alba y me alegraba ver el cielo y la rama invernal de sicomoro. Me preguntaban diariamente mi nombre y yo lo decía. Me preguntaban mi edad y siempre dije la misma: treinta y cuatro años.

-Beba siquiera el caldo, me rogaban.

No bebí caldo, ni agua, ni leche. Desde el pasillo tiraban de la cadena de mi letrina cada cinco minutos, sin que me dieran sed. Pasaron siete días. Una tarde creí sentirme al borde de la muerte. Me desnudé para morir desnudo. Yo nunca alcé la voz, pero esa tarde, con un acento triste, me atreví a declamar invocando a la muerte.

No vino la muerte. Quien asomó a mi celda con cara compasiva fue el oficial que me pegó en el campo: «¡Bastante! ¡Ya es bastante!» Estaba condenado a verme en cueros.

Aunque nada me dijo, le agradecí su gesto. Recordé que en el campo me dio una bofetada y que le denunciaron y que yo lo negué. No me pegó muy fuerte. Sentí su mano desde lejos, con furia, pero con la mirada pude vencer su esfuerzo y al tocarme sentí frenado el golpe. No pude contestarle porque me sujetaban los senegaleses. Los mismos hombres que habían gritado contra mí «fusiladle», «fusiladle», tomaron mi defensa.

-No hay derecho. Está loco. No hay derecho.

Acudió el comandante. Me preguntó si me pegaron y le dije que no, que no era cierto.

Me alegraba pensar que aquel teniente se interesaba por mi estado. Pensé en su gratitud. Llegué a figurarme que mi conducta le había librado de un arresto o quién sabe de qué castigo mayor. Me llenaba de emoción pensar en su agradecimiento. Derramé lágrimas que atribuyo a la extrema debilidad de mi organismo.

Entonces recordé mi último poema publicado en España hacía poco tiempo:

Recuerda todas las fechas,
recuerda todas las cosas,
limita con blancas nubes
el jardín de tu memoria.
Muérete debajo de ella,
bajo su sombra.

Me dije que debía de seguir tales consejos y me dio por pensar en mi vida anterior. La recordé perfectamente. Es verdad comprobada por mí que el hambre despierta la memoria. Lo recordaba todo, con orden, con detalles. Nadie me interrumpió: Llegué hasta mi niñez. Mi vida es buena. Después de haber vivido así podía morir tranquilo. Mi alma en forma de paloma, saldría por la pantalla de cine, llevándose en el pico la ramita invernal de sicomoro.

Entonces comenzaron las tentaciones del Diablo. Primero fue la soberbia. Estaba tan contento con mi vida, una vida tan clara, que llegué a creerme un santo. Podía salvar al mundo. ¿Dónde estaba mi cruz? Duró poco el delirio...

-Dios mío, Dios mío -recé-, soy la más humilde y pecadora de tus criaturas, ten compasión de mí. Sálvame. Sálvame.

Vencí la tentación de la soberbia. Luego vino la envidia.

-Mientras me estoy muriendo solo, sobre estas tablas de madera, allá en París (aquí unos nombres) estarán con sus hijos y mujeres.

Pero al poco rato exclamé:

-Dios mío, que sea verdad, que allá en París (aquí unos nombres) abracen a sus hijos y mujeres.

En esto baldeaban el pasillo. Derramaban el agua, golpeando los cubos, con un ruido infernal, intencionado. Estuve a punto de enfadarme. Allí no se podía vivir tranquilo. No me dejaban ni pensar... Pero vencí el pecado de la ira. Llegué al convencimiento de que eran tentaciones del Diablo. Me prometí ser fuerte, aunque se me presentaran tentaciones más dulces. La claraboya era mi única alegría. Era grande como una pantalla de cine. Llegué a temer que el enemigo de mi alma la utilizara para hacer desfilar ante mis ojos los cuerpos de unas ninfas. Las esperé un momento, pero no pasó nadie. Una sonrisa candorosa iluminó mi rostro. El ángel de mi guarda veló por mi pureza.