viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XXVII

En el XI Cuerpo del Ejército, terminé desempeñando de nuevo mi oficio de impresor. Ante mi insistencia por trabajar, mis jefes me trajeron hasta un lugar próximo al puesto de mando un pequeño taller de imprenta y nadie puede imaginar mi alegría cuando vi llegar sobre un camión los chivaletes, las cajas, la prensa, el papel, las tintas. Todo lo coloqué lo mejor que pude en una habitación muy rústica y pequeña planta baja de un granero o pajar techado pero sin paredes, en donde decidí acondicionar un lecho, que el primer día estaba formado por periódicos y cartones, sobre los que dormí hasta que me trajeron una verdadera cama.

[En la imprenta] imprimíamos un boletín diario, que acompañábamos semanalmente con una hoja literaria titulada Los Lunes del Combatiente. En dicha publicación aparecían romances y canciones tradicionales, antologías de poetas contemporáneos y alguna que otra colaboración inédita; pero tengo que referirme al modo que tuvimos que aprovisionarnos de papel para esta empresa. Para ello nos lanzamos a la ofensiva. En la tierra de nadie, entre las dos líneas de fuego, a la orilla de un tranquilo riachuelo, existía un pequeño molino de papel. Nunca ningún ejército lo hubiera considerado lugar estratégico; pero para mí tenía una importancia excepcional. Sin derramamiento de sangre y sin tener necesidad de disparar un solo tiro, nos apoderamos del reducto. El papel que se fabricaba en ese molino era un papel precioso. Los trapos viejos triturados y blanqueados se transformaban en hojas blanquísimas de papel hilo con transparentes marcas de agua. Papel que salía hoja a hoja y que eran colgadas de los cordeles con los mismos ganchos con que las lavanderas cuelgan la ropa limpia. Producción limitada pero sorprendente. El boletín del Cuerpo de Ejército y su suplemento literario fueron impresos en ese papel de lujo. También editamos varios libros. Entre ellos España en el corazón, de Pablo Neruda; como materia prima para el papel de ese libro se usaron banderas enemigas, chilabas de moros y uniformes de soldados italianos y alemanes. Después de la guerra un ejemplar de dicho libro figuró en una de las vitrinas de la Biblioteca del Senado de Washington y su portada apareció reproducida en la primera página del catálogo de dicha biblioteca en 1940. Un verdadero tesoro bibliográfico.