viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XVII

Como si estuviera ante un telón cerrado estoy al comenzar esta historia. Antes de que se alce, inquieto me paseo por mi cuarto. Exactamente igual que en aquel invierno de 1936, cuando detrás del telón verdadero de un teatro de Castellón de la Plana esperé el instante de enfrentarme con el público. Era yo el director de la compañía y eran los actores de «La Barraca» de Federico García Lorca los que en esa noche debían de representar en homenaje suyo su drama romántico Mariana Pineda.

Procuraba yo tener bien ordenadas en mi mente las frases ya pensadas y sentidas por mí, en memoria del amigo asesinado. Mi discurso iniciaría el acto. Luego vendría la representación del drama y ambas cosas tenían por objeto el compartir y el alentar los sentimientos republicanos de los asistentes. Estando en esa disposición de ánimo, fui bruscamente sorprendido por un individuo vulgar y misterioso, que se me acercó para interrogarme. Su mirada era afectuosa. Su impaciencia, visible. Sin duda había hecho un gran esfuerzo, tal vez luchando consigo mismo, antes de dirigirme la palabra.

Me preguntó:

-¿Es usted Manuel Altolaguirre?

Al contestarle yo afirmativamente, alzándose de puntillas, acercó su cara a mi oído:

-Su hermano Federico era un hombre muy bueno... Casi siempre salía a pasear solo... Le gustaba mucho la música... Casi no tenía amigos... Por eso le pasó lo que le pasó...

Se quedó silencioso, mirándome fijamente a los ojos, y luego, apretando mi mano con la suya, me entregó un papel muy doblado.

-Aquí tiene la lista de los asesinos de su hermano. Son del Ateneo Racionalista de Castellón de la Plana.

Apenas si pude sobreponerme a la impresión recibida. Cuando volví en mí, el emisario había desaparecido. Sólo tenía ante mis ojos el muro tembloroso del telón del teatro, que de manera repentina, obedeciendo al sonido hiriente de un timbre, se alzó con lentitud.

El teatro estaba ocupado por un público enardecido. Lo sabía yo, no porque lo viese, sino por el inmenso murmullo en el que me sentía ahogado. Me costaba trabajo encontrar palabra alguna que decir. Lentamente levanté la vista del suelo. Rodeado de una niebla de humanidad borrosa, avanzaba hacia mis ojos un enorme letrero, dibujado con pintura roja sobre una pieza de tela blanca. Decía: «Ateneo Racionalista de Castellón de la Plana.»

Al apretar los puños, encontré entre mis dedos el papel de la denuncia. Cada bando de la guerra civil había asesinado a un hermano mío. Y yo estaba allí para protestar de la muerte de Federico García Lorca ante los hombres responsables de la muerte de mi otro hermano Federico.

No puedo medir en el recuerdo los minutos de mi silencio. Aún hoy me parecen interminables; pero una voz que no era la mía, muy superior a la voz que me pertenece, me hizo decir algo que ahora no recuerdo y que ignoro si fuera comprendido por alguno de los asistentes.

Escuché aplausos que me llegaron desde las alturas. Cada vez más hundido, escuché aquellas manifestaciones. Luego tuvo lugar la representación teatral.