viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XVIII

Es difícil para mí ordenar estos recuerdos. Yo estaba al frente del Teatro Universitario «La Barraca» por acuerdo de la Alianza de Intelectuales Antifascistas.

Antes de estallar la guerra, existía dicha organización. Tenía por objeto la defensa de la libertad de la cultura. Formábamos parte de ella un reducido grupo de escritores y artistas; pero al estallar la guerra civil, se aumentó considerablemente el número de los afiliados. Por su carácter político la credencial de miembro de la Alianza era una garantía, ya que, como es sabido, Madrid durante toda la guerra civil estuvo bajo la autoridad republicana. Ingresaron en ella agentes propagandistas de los diferentes partidos que, sin ser escritores, creían cumplir una misión en el nuevo organismo. Entraron en ella intelectuales que, sin ideales políticos de ninguna clase, necesitaban disponer de un salvoconducto.

Sospecho la razón por la que nos designaran a y a mí como encargados de incautarnos de un edificio para que fuera sede de la Alianza. Sin duda el catolicismo de mi amigo lo hacía sospechoso de ser incapaz de cumplir una misión tan revolucionaria. Por eso le nombraron. Y a mí, por ser el patrón de un modesto taller de imprenta en donde trabajaban nueve obreros. Con estos antecedentes burgueses nadie se extrañe de que, al encontrarnos en la calle, buscásemos un edificio desalquilado para que nuestra misión fuera menos violenta. Encontramos una casa señorial en La Castellana. No puedo recordar su aspecto exterior. En mi imaginación se agigantan los edificios próximos a ella. Bloques de cinco pisos me parecen, ahora, enormes rascacielos desde cuyas ventanas los infelices escritores pudieron ser víctimas de los inquilinos de ideas contrarias. De esta mala situación estratégica no nos dimos cuenta entonces. Sentimos un gran alivio al descubrir una casa tan amplia desalquilada y como la ceremonia de la incautación consistía en clavar con cuatro chinches en la puerta de la fachada un documento, así lo hicimos. Luego, al saludar a la portera, nos percatamos de que estaba contenta de que fuéramos intelectuales, porque les tenía prevención a los obreros.

No era la mala situación estratégica el único inconveniente que tenía la casa. Lo que mis compañeros encontraron peor fue la total ausencia de muebles. Por esta razón, el día siguiente la Alianza se trasladó a lugar más confortable, después de tomar el acuerdo de constituir guardias armadas que en relevos de doce horas defendieran los derechos adquiridos sobre el inmueble. Por unanimidad se designaron las dos personas que debían cumplir ese cometido la primera noche: el profesor Rodríguez Moñino, un profesor de filología, y yo. Nos entregaron fusiles y municiones.

La carencia de muebles hizo que no se prolongaran las tertulias. Sólo quedó un escaso grupo de conversadores, que tomaron asiento delante de la portería; casita construida a escasos diez metros de la puerta de hierro que custodiábamos.

La noche era tranquila. Sólo llegaba a nosotros el rumor alegre de los que conversaban, pero apenas si podríamos distinguir sus palabras. Nuestra actitud con el fusil no era del todo reglamentaria. Ninguno de los dos teníamos aspecto marcial. Estábamos sentados en el murito de piedra, recostados contra la verja de hierro. Entre nuestras rodillas el fusil nos molestaba.

Al profesor le asaltó una duda y se levantó para exponérmela. Me dijo:

-Manolo, ¿tú sabes manejar esto?

Y como yo le dijera que no, se dispuso a enseñarme. Me obligó con un gesto a que le prestara una minuciosa atención. Me animaba a que lo aprendiera todo una sola vez. Colocó el fusil hacia el interior de la casa.

-Es muy sencillo. Sólo hay que hacer esto. Y disparó.

En el grupo de los que conversaban se produjo un gran pánico. Resultaron heridas la portera y su hija. La mamá en la cadera. La hija en un brazo. Afortunadamente sin gravedad. No me fue difícil conseguir un vehículo para llevarlas al hospital. Tuve la suerte de que el primer coche que detuve en la calle estaba ocupado por el Ministro de Guerra. En uno de los automóviles de su séquito subí a las dos mujeres heridas. Durante el trayecto se mostraban inquietas, no a causa de sus dolores, ni tampoco por temor a la gravedad de sus lesiones. Algo les preocupaba, que no se atrevían a decirme. Al fin habló la madre.

-Por favor, no nos vaya a dejar hospitalizadas. Después que nos curen es indispensable que volvamos a casa.

Las tranquilizaba yo asegurándoles que serían curadas y que no tenían por qué preocuparse en nada de lo relacionado con las atenciones médicas.

-No es eso, señor...

Y me miraban fijamente al rostro. Yo les correspondía con un gesto que les inspirase confianza. Continuó:

-En su cara vemos que es usted una buena persona. Tenemos que volver a casa, porque en el sótano tenemos escondidas a siete monjas.

Dicho lo cual, esperaron mi reacción con impaciencia. Les hice ver que les agradecí la confianza que acaban de hacerme, quedando de acuerdo en que, después de curadas en el hospital, volveríamos a rescatarlas. Yo me comprometí a conducir a las religiosas al lugar seguro que ellas estimasen por más conveniente. Mi promesa tranquilizó a las dos mujeres, que casi se olvidaron de sus dolencias y mostraban un semblante alegre.

Aquella misma noche las monjas abandonaron su refugio inadecuado y tal vez peligroso, después de que me prometieron al despedirse que me tendrían presente en sus oraciones. Y yo me hice la promesa formal de no volver a manejar un arma de fuego.

Recapacitando en esto, subía las escaleras de la deshabitada casa para acomodarme en un rincón donde dormir, cuando descubrí en una de sus estancias, paseándose nerviosamente de un lado a otro, al profesor. Parecía un hombre fuera de sí. La cabeza erguida, desencajado el cuello y todo él con un desquiciamiento en su figura que correspondía a su estado de ánimo. Se me acercó nervioso.

-Manolo, he comprometido mi porvenir. He destrozado mi carrera universitaria. No tengo más remedio que declararme autor involuntario de las heridas ocasionadas alas porteras de esta casa.

Esto fue dicho reposadamente, pero las razones que adujo para apoyar su determinación las expuso en forma exaltada, gritando a voces y sin dejarse contradecir en nada. Me di cuenta de que solamente un gesto de solidaridad le devolvería la calma ya pesar de ser hora avanzada de la noche, le acompañé al juzgado próximo.

Aún resuenan en mis oídos las frases mal hirientes que nos dirigieron. El asunto nuestro no interesaba lo más mínimo en aquel juzgado, donde estaban preocupados por sucesos de mayor importancia. Nos enteramos de que aquella noche aparecieron en las calles de Madrid más de quinientos cadáveres. Pero esta explicación no fue la que recibimos, sino frases desenfadadas y soeces. Mi quijotesco amigo, a pesar de todo, abandonó satisfecho aquel juzgado, porque creía haber cumplido un deber de conciencia.

Las idas y venidas de aquella noche de mi primera guardia, con heridos, monjas y con un profesor, no terminaron todavía. También tuve que acompañar en la madrugada a un muchacho a quien encontré quejándose de intensos dolores. Nadie se fijó en él en toda la noche, y sin embargo estaba allí, quejándose en un rincón. Aterrorizado al ver correr la sangre, había buscado en vano por el suelo la bala del disparo, y al no encontrarla adquirió la seguridad de que la tenía alojada dentro de su cuerpo. Decía sentir un fuerte dolor en los riñones. Yo le hacía ver que era imposible que tuviera la bala dentro, ya que no estaba herido; pero él insistía en que sus dolores no podían tener otro origen y tuve que llevarle al hospital, en donde insistimos en que el joven tenía adentro la bala, sin poder mostrar el orificio de entrada. Los médicos no dudaron en afirmar que los dos estábamos completamente locos.