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miércoles, 18 de marzo de 2009

Manuel Altolaguirre


Podcast sobre el poeta e impresor malagueño realizado por José Antonio Fernández García y Juan Suárez Rodríguez.






También puedes descargarlo.


Fuentes:

1. Francisco Chica Hermoso. Altolaguirre Bolín, Manuel. Diccionario de escritores de Málaga y su provincia. Cristóbal Cuevas [dirección y edición].Madrid, Castalia, 2002.
2. Biografía y obra en Poetas andaluces.
3. Introducción a sus Poesías completas. Edición a cargo de Margarita Smerdou y Milagros Arizmendi. Madrid, Cátedra, 1982.

sábado, 28 de febrero de 2009

Concha Méndez

Presentación realizada por Jéssica García Moreno.




También te puedes descargar el podcast hecho por Laura Cardona y Lydia Martín.

martes, 10 de febrero de 2009

Ambos



Ambos, fundada por Manuel Altolaguirre, José María Hinojosa y José María Souvirón, se publicó entre marzo y agosto de 1923.





Manuel Altolaguirre dice de ella en su libro El caballo griego:

(...) A pesar de ser publicación provinciana, no dejaron [de] marcar huellas en su contenido las más avanzadas expresiones estéticas. Unas ingeniosas greguerías de Gómez de la Serna y unos dibujos de Picasso producían confusión entre los comentaristas familiares de nuestra poca difundida revista. Para ellos futurismo, cubismo y comunismo era una misma cosa.


Cada uno de sus cuatro números (en junio y julio no salió) se componía de entre 34 (el último) y 40 (primero y segundo) páginas sin numerar. Las únicas secciones que se mantienen a lo largo de la corta carrera de la revista son la de "Libros" y los "Retratos de señoritas". En cuanto al contenido, es una mezcla de pintura y literatura, de conservadurismo y vanguardia.

El siguiente sería su "índice":

Primer número (marzo, 1923).
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Editorial
La transfusión de la sangre, por Ramón Gómez de la Serna
Nocturno, de Carlos de Ildaria
Retrato de la Señorita Pilar Príes por F. Gil de Sola
Madrigal y Alba, de Federico García Lorca (publicados en Libro de poemas, 1921)
Las virtudes, de Iván Turgenev
Los tejados, de Manuel Altolaguirre Bolín.
Arte moderno: El circo, [cuadro] de María Uhden
Pinacoteca, por Sánchez Vázquez (caricaturas de los promotores de la revista (Altolaguirre, Hinojosa y Souviron).
Leyendas andaluzas: Parrito, por José María Hinojosa (no lo volvió a publicar)
Libros: Al margen de Gárgola, poemas de José María Souvirón Huelin, por Juan Marqués Merchán
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Segundo número (abril, 1923).
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Las primeras lágrimas y las manchas de la Luna, cuento popular de las kabylas
Dibujo de Jean Cocteau, por Picasso
Algunas palabras recogidas de El gallo y el arlequín, por Jean Cocteau
Dibujo de Picasso
Jean Cocteau, por Elie Gagnebin
Poesías orientales: tres gacelas de Hafiz (traducidas de la edición alemana por E[milio] Prados y Such)
Un buen hombre, de Carlos Altolaguirre
Retrato de la Señorita Marichu Rezola por F. Gil de Sola
Defensa (cuento de fantasmas), por V. Brjussow (primera parte)
Líneas críticas, por J[osé] S[uch] M[oreno]
Autocaricatura, por Sánchez Vázquez
El semblante de algunas prosas, por Esteban Salazar y Chapela (sic)
Libros: La demencia del poeta (reseña anónima)
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Tercer número (mayo, 1923).
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Leyendas de la Antología negra, de Blaise Cendrars
Retrato de la Señorita Luisa Mac-Kinlay por F. Gil de Sola
Greguerías, por Ramón Gómez de la Serna
Poesías orientales: Poemas japoneses (traducción de E[milio] Prados y Such)
Madmasel, por Eugenio Heltai
Caricatura de Pedro Armasa Briales, por Antonio Pons
Sementera y Poema de invierno, por J[osé] M[aría] Hinojosa Lasarte (el primero, recogido posteriormente en Poemas del campo, 1925).
Defensa (cuento de fantasmas), por V. Brjussow (conclusión)
Líneas críticas, por José Such Moreno
Libros, por M[anuel] A[ltolaguirre]
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Cuarto número (agosto, 1923).
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El primer amor de la Luna (cuento para niños), por Manuel Altolaguirre
Retrato musical (a Flor Guerrero), por José Such Martín
La quietud llena, por Rafael Laffón
El reloj (I), por José María Hinojosa Lasarte
Líneas críticas, por J[osé] S[uch] M[oreno]
El reloj (II y III), por José María Hinojosa Lasarte
Poesías orientales: poemas chinos (I)
Retrato de la Señorita María Westendorp, por F. Gil de Sola
Poesías orientales: poemas chinos (II), traducción de E[milio] Prados y Such
Ingenuidad, por José Llopis Sancho
Clásicos
Públicos, por Jean Cocteau (traducción E[milio] P[rados] y S[uch])
Libros, por S. P. H.
Aviso a los lectores
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Crédito de la imagen:

http://www.residencia.csic.es/altolaguirre/img/cronologia/f_1923.jpg

Fuente:

Cerro de las lombardas.

lunes, 9 de febrero de 2009

1616, English and Spanish Poetry

El nombre recuerda el año de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, ya que pretendía aproximar las culturas española e inglesa.

Editada en versión bilingüe, fue financiada por Ramón Pérez de Ayala, embajador de la República en Londres.

Es, según la crítica, la revista más bella tipográficamente de las editadas en aquellas fechas.

Constó de diez números que fueron editados entre 1934 y 1935.

En ella publicaron A. E. Housman o el hispanista Edward Sarmiento junto a Alberti, Aleixandre, Cernuda, García Lorca, Guillén, Moreno Villa, Muñoz Rojas, Serrano Plaja, Neruda.

Como suplementos de la revista imprimieron Ramoneo, antología de poemas que Ramón Pérez de Ayala había incluido en sus diferentes novelas, y Way into Life, de Stanley Richardson.

Fuente:

Fundación Cultural Miguel Hernández.

La revista Héroe

Héroe es fruto de la colaboración entre Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, con la que se casó unas semanas después.

Se inicia su publicación en mayo de 1932. Sólo se editaron seis números: del 1 al 4 en 1932 y el 5 y 6 en 1933. Cada uno de ellos iba introducido por una caricatura lírica de un poeta español (Manuel Altolaguirre, Rosa Chacel, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Concha Méndez y Emilio Prados), realizada por Juan Ramón Jiménez.

Las ilustraciones estuvieron a cargo de Ramón Gaya y Moreno Villa.

Entre sus colaboradores se cuentan, además de Juan Ramón Jiménez, figuras de la talla de Unamuno, Salinas o Guillén.

Crédito de la imagen (fragmento):

http://www.miguelhernandezvirtual.com/biblioteca%20virtual/coetaneos/fotos/3/imagenes/imagen9.jpg

Fuente:

Fundación Cultural Miguel Hernández.

miércoles, 28 de enero de 2009

Litoral

Vídeo sobre la historia de esta revista del 27 que, en sus orígenes, editaron Manuel Altolaguirre, Emilio Prados y José María Hinojosa.




Si eres de los afectados por el probemilla Telefónica-Youtube, puedes verlo o descargarlo aquí.

También puedes bajarte el audio.

viernes, 26 de diciembre de 2008

El caballo griego

El caballo griego es el título que escogió Manuel Altolaguirre para su libro de memorias.

Se trata de una serie de retazos (el autor no dejó más que capítulos sueltos y fichas dispersas con notas) en los que el poeta recuerda desde su infancia hasta los últimos días en Francia antes de partir hacia el exilio sudamericano.

Si hubiera que ponerle algún reparo -y el propio Altolaguirre reconoce que es muy olvidadizo-, sería la existencia de algunas inexactitudes.

Trabajar este texto -importante e interesante por sí mismo- nos servirá para conocer la Generación de 27 desde una perspectiva distinta y homenajear a su autor, ya que en el año 2009 se cumple el cincuentenario de su muerte.

Por lo tanto, en esta segunda fase del proyecto, os leeréis la obra, escogeréis uno de los autores que en ella se menciona y haréis un trabajo sobre él.

La finalidad es que tengamos una edición "enriquecida" de las memorias. Valoraré tanto la calidad del contenido como la dificultad técnica del resultado.

CAPÍTULO I

Mi mano tenía entonces el tamaño de una de las alas del gorrión que la monja del convento de enfrente me trajo al venir a mi casa por su limosna; un gorrión que no podía volar, que saltaba alrededor mío sin esconderse, como pidiendo algo, brincos que parecían latidos, que me alegraban como golpecitos de afecto. Lo miraba yo como a un hijo mío, porque siendo mis padres tan altos y el gorrión tan chico una relación de tamaño me lo hacía familiar. Yo seguía con la mirada sus movimientos igual que mi padre seguía el andar de mis primeros pasos. Recuerdo mis manos que eran muy pequeñas, tanto que al sostener el pájaro tuve que juntarlas en forma de cuna, como para recibir un puñado de anises, hasta que un temblor de alas hizo que las abriera de pronto.

-Lo va a matar. No le debemos dejar que lo toque.

Pero cuando lo tuve otra vez entre mis manos lo apreté tanto que por poco lo ahogo.

-No lo estrujes, que lo matas- me dijeron, y, aunque yo no sabía lo que era la muerte, dejé de apretarlo y el gorrión dio un sal tito y se fue. Huía de mí. Quería esconderse. Se metió bajo los hábitos de la monja.

Aún hoy, la oigo decir:

-Te voy a pisar. Te voy a pisar.

Luego, ya nadie lo encontraba porque se escondió detrás de una canasta grande, llena de ropa limpia. Mi padre, que leía sentado en su butaca, adivinó su escondite.

-Aquí debe de estar -dijo, retirando la canasta con violencia.

Lo vi un momento echando sangre, muriéndose. Mi madre, para que yo dejara de llorar me llevó a su cuarto, me sentó en sus rodillas y me secó las lágrimas con su delantal blanco. Vivíamos en una casa con mucha luz, en Archidona, pueblo de la provincia de Málaga, en donde mi padre era juez. Allí pasé varios años de mi primera infancia pero no recuerdo otra cosa que la escena que acabo de contar. El gorrión me hizo tomarle miedo a las canastas y todavía, a pesar de lo livianas que son, cuando tomo alguna me parece que levanto un gran peso.

CAPÍTULO II

Mi afición por la imprenta data desde muy niño. Apenas si tenía yo cinco años, cuando escribí mis primeros versos. Felicitaba con ellos a mi madre por el día de su santo. Recordar aquella infantil aleluya, todavía me produce rubor por lo torpe y sin gracia que era. Sin embargo, Catalina, la cocinera de mi casa, encontró que mis versos eran preciosos y cortando la hoja del cuaderno de mis primeras letras, se lo llevó a su hijo que era impresor. Antonio Chávez me dio a la mañana siguiente una sorpresa. Encontré a los pies de mi cama, enrollada como si fuera un diploma, una cartulina estampada en diversos colores. En el centro de una orla donde figuraban nenúfares, mariposas y estrellas, estaban impresos mis versos con letras de oro. Este mismo impresor, Antonio Chávez, años más tarde, cuando cursaba mi bachillerato en el colegio de los jesuitas en Málaga, me imprimía anualmente cartulinas menos vistosas, pero donde figuraban composiciones mías a la Virgen, que antes de ser impresas eran revisadas y corregidas por el padre espiritual del colegio. Aunque yo era un niño y el hijo de mi cocinera un hombre hecho y derecho, parecía que nuestras vidas iban a correr paralelas. Tan pronto terminé mi bachillerato, al salir del colegio donde pasé interno seis años, durante el tiempo que hacía mis estudios universitarios de derecho, con Antonio Chávez imprimí la revista Ambos. En ella colaboró Emilio Prados, poeta con el que había de colaborar yo en el futuro en múltiples empresas editoriales. Publicó sus traducciones del alemán de poetas persas de la Edad Media. También publicó poemas José María Hinojosa, cuya historia será objeto de otro capítulo. Un colaborador que nos abandonó poco después de la aparición del primer número, fue José María Souvirón, que contratado para dar clases de literatura como profesor auxiliar en el colegio de los jesuitas, no encontró compatible su puesto con el publicar en una revista que parecía tener un aire renovador y liberal. Y sin embargo, en la revista Ambos no se expresó ni una sola idea revolucionaria. Publicada en 1921, a pesar de ser publicación provinciana, no dejaron [de] marcar huellas en su contenido las más avanzadas expresiones estéticas. Unas ingeniosas greguerías de Gómez de la Serna, y unos dibujos de Picasso producían confusión entre los comentaristas familiares de nuestra poca difundida revista. Para ellos futurismo, cubismo y comunismo era una misma cosa.

CAPÍTULO III

Desde muy joven tuve contacto con personajes de la política española, aunque estas relaciones poco o nada tuviesen que ver con los asuntos públicos y sólo obedecieron a razones de familia o a circunstancias personales.

Dos eran por aquellos años los más destacados políticos conservadores de la monarquía española. Don Eduardo Dato y Don Francisco Bergamín. Voy a referir, muy brevemente, cómo tuve ocasión de conocerles [...].

A mis 14 años (nací en 1905) era yo alumno interno en el colegio de los jesuitas de Miraflores del Palo, en Málaga, finalizando los estudios de mi Bachillerato, pero reglamentariamente teníamos que pasar exámenes en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza para obtener nuestras calificaciones. Aquel año cuando le llegó el turno a mi examen de Preceptiva Literaria, el tribunal encargado de interrogarme, en lugar de hacerlo sobre los temas del programa, recibió mi nombre con sorpresa y sólo se preocupó de investigar datos sobre mi familia, anomalía explicable por la noticia aparecida aquella mañana en un periódico de Madrid (El Liberal, junio 1919), sobre la muerte de un millonario argentino, Altolaguirre de apellido como yo, cuyos herederos andaluces no aparecían por ninguna parte.

Me fastidió que me aprobasen sólo porque contesté que era heredero de un difunto y regresé de muy mal humor a casa en donde encontré a varios de mis profesores empeñados en convencer a mi madre de que debiera reclamar tan fabulosa fortuna. Ella, ante tales posibilidades, se puso inmediatamente en comunicación con don Eduardo Dato, exministro de la monarquía, quien, como abogado aceptó la defensa de nuestros intereses, que no se pudieron salvar pese a su buena voluntad y a sus reconocidos méritos como civilista. Pero de todo aquello resultó una buena amistad con una señora muy simpática e inteligente, con Isabel, luego Duquesa de Dato, hija de nuestro defensor y a la que debo, durante los últimos años de su vida, muchas y exquisitas atenciones, entre las cuales recuerdo [ ...] su invitación a una comida en la casa del Marqués de Valdeiglesias, director del periódico monárquico La Epoca, comida celebrada en los primeros días de junio de 1936, que me propongo describir en otro capítulo, ya que ahora quiero seguir recordando la época de mis estudios.

Aprobado que fui en mi examen de Preceptiva literaria, finalicé con éxito mi bachillerato y emprendí de modo tan vertiginoso la carrera de leyes que a los dos años me gradué como abogado en la Universidad de Granada, para lo cual tuve que ganar asignaturas durante los veranos, cosa que hice para estar pronto en condiciones de ayudar económicamente a mi madre, viuda con siete hijos, que mucho lo necesitaba. Siendo pues casi un niño, le escribí a don Francisco Bergamín la siguiente carta:

Mi querido amigo y compañero: Habiendo finalizado mis estudios jurídicos y necesitando añadir a mis conocimientos teóricos la experiencia necesaria para el ejercicio de mi profesión, me permito recordarle su buena amistad con mi difunto padre (q.e.p.d.) para rogarle me acepte como pasante en su bufete, señalado servicio que le agradecerá siempre su affmo. amigo, q.e.s.m.


Manuel Altolaguirre.



Esta carta tuvo un éxito inesperado. A vuelta de correo recibí del señor Ministro contestación de su puño y letra concediéndome la plaza solicitada en su bufete. Y si la sorpresa fue grande para mí, aún produjo mayor impresión en mi madre que, llena de ilusiones, se apresuró a proporcionarme todo lo necesario para mi traslado a la Corte, viaje que realicé a los pocos días. Toda mi familia acudió a despedirme. Todos se asombraban de que tan joven hubiera obtenido distinción tan extraordinaria, ya que para merecerla yo necesitaría por lo menos algunos años más. Sin embargo, a pesar de mis verdes conocimientos, don Francisco Bergamín me recibió con gran cordialidad e hizo todo lo posible para que yo adelantase en mi carrera. Aquel hombre tan inteligente sin duda adivinó mi incapacidad, pero tuvo buen cuidado de no desalentarme. Con su hijo Pepe me hacia trabajar en materias de derecho, a las que ninguno de los dos atendíamos. Otras eran ya nuestras aficiones. Andando el tiempo nuestro campo sería el de la literatura y en lugar de atender entonces a los litigios comentábamos lecturas recientes, conversaciones a las que debo mucho de mi formación literaria.

[ ...]

Por lo anteriormente dicho se adivinará mi fracaso en la abogacía. En efecto, a los pocos meses tuve que regresarme a Málaga.

CAPÍTULO IV

Aunque sí estuve en mí antes de haber cumplido veinte años, hasta entonces ni siquiera intenté reconocerme. Los acontecimientos del mundo exterior apenas si me herían, sin que ningún suceso llegara a ponerme en carne viva el alma. Bien guardada debí tenerla y sólo quienes me quisieron la adivinaban a través de mis ojos, en alguna expresión verbal inconsciente, en actos o impulsos que no pude refrenar, las flores únicas de mi vida, sometida en aquel tiempo a un desolado ambiente. Años sin mí, años de una formación que había de derrumbarse. Paredes de una vida con muy ciegas ventanas, con una dañosa blancura defensora, pueril inocencia cuya cal y cantos caerían por tierra más tarde, muros opacos que al desaparecer de pronto no dejaron encajada la luz en sus torpes límites, sino que dándole libertad la disiparían en una tenue frontera con las sombras.

Yo, que llegaba aquella noche tarde a mi casa, después de caminar inútilmente, a deshora, me vi sorprendido con la luz alta de uno de sus balcones, desde donde me bajó un grito no [sé] si de alegría por mi regreso o de reproche por mi larga tardanza. Me despertó esa voz. Es a mí, dije. Y al decir «mí», me encontré con quien soy. Esa voz sigue todavía golpeando insistente contra todas las puertas de mi alma. Quise subir, volar, llegar hasta los ojos de mi madre. A ella, que había pasado frío por mi ausencia. En su balcón, entre dos nubes, yo sé que todavía mi madre está esperándome, rodeada de su tibia luz alta. Aquella noche es la de hoy. Será una noche eterna.

Ella, al verme, gritó y me tiró a la calle, envuelta en un periódico, la llave de la casa. Al bajarme a cogerla, flagelaron mi espalda como látigos sus largos gritos. Subí. Mármoles. Hierros, cristal, madera, lana. Entré en mi casa a oscuras. Hice la luz. No olvido que aquella noche fue una noche triste. Mi madre cayó enferma. Yo no dormí. La quise siempre tanto.

Cuando temí perderla empecé a conocerme, porque empecé a saber que la quería. Si conoces tu amor ya te conoces. Sabrás siempre quién eres cuando sepas querer. «Nuestra separación última qué muerte fue tan amarga.» Pero morir de amor, dejar el cuerpo propio y el ajeno, ganando la libertad del espíritu, es renacer a un cielo muy difícil. Todavía mi alma sigue desnuda, desde entonces. Desde ese día supe que yo era un hombre.

Después de haber rezado a los pies de su cama durante su agonía, me fui a llorar por ella a mi cuarto, ahogando mis quejidos en la colcha, mojando las tinieblas, sin encontrarle límites a mi dolor, pareciéndome grandes como el mar o los montes aquellos muebles con los que tropezaba.

CAPÍTULO V

A consecuencia de [nuestra] primera aventura editorial, decidimos Emilio Prados y yo asociarnos como impresores. Designamos a Antonio Chávez como regente y así fue cómo nació la Imprenta Sur, que todavía subsiste y en donde actualmente, treinta años más tarde, se publica la revista malagueña Caracola. En la Imprenta Sur se publicaron los primeros romances gitanos de Federico García Lorca. Las primeras canciones de Rafael Alberti, los primeros libros de Vicente Aleixandre y de Luis Cernuda y poemas de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Pedro Salinas, Jorge Guillén y Gerardo Diego. También Emilio Prados y yo publicamos nuestros libros. Es curioso hacer notar que los poetas que formaron mi generación y que figuran desde hace tiempo juntos en multitud de antologías, fueron casi todos amigos de la infancia y tuvieron en Málaga ocasión de convivir, sin sospechar la obra en común en que participarían en el futuro.

Emilio Prados y Vicente Aleixandre estudiaron en el mismo colegio las primeras letras. Rafael Alberti, sobrino del cura de la parroquia de San Juan de Málaga, jugaba de niño con mi hermano mayor en mi casa. Federico García Lorca veraneaba todos los años en el hotel Hernán Cortés, situado enfrente de la casa de mi abuela en la caleta y muchos días pasaba a recogerme para que tomáramos el baño de mar juntos. Quien nos reunía a todos en nuestra juventud era José María Hinojosa, que por tener automóvil en él nos paseaba, llevándonos al campo. Unas veces a sus fincas y otras veces a lugares pintorescos de nuestra provincia. En esos paseos, Federico recitaba versos que luego formaron parte de sus libros y otras composiciones no menos hermosas que se perdieron para siempre.

CAPÍTULO VI

[La muerte de mi madre] inspiró mis primeros poemas, breves elegías que forman el contenido de mi libro Las islas invitadas, aparecido en mi primera imprenta, en la Imprenta Sur.

Mi libro tuvo éxito. Recuerdo con emoción y gratitud las palabras de aliento de Juan Ramón Jiménez, que reprodujo uno de mis poemas en ia portada de su revista Ley, y las cartas de José Moreno Villa, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Gerardo Diego, Federico García Lorca... Mi libro apareció con una dedicatoria al poeta Emilio Prados, mi gran amigo de la infancia.

Entre los comentarios de la crítica, recuerdo en la primera plana del ABC de Madrid un artículo de «Azorín» titulado «España: Altolaguirre» cuya publicación iba a proporcionarme singular contacto con otro ilustre apellido del conservadurismo español, con una distinguida escritora, nieta de don Antonio Maura.

El ABC era el periódico de mayor circulación entre las familias más reaccionarias de la sociedad española, en cuyo ambiente mis actividades literarias eran completamente desconocidas. Aquel artículo me supuso una consagración.

A los pocos días de publicarse recibí uña carta del Director del periódico malagueño La Unión Mercantil, solicitando mi presencia. Debo anotar que mi padre fue el primer director de dicho periódico, en cuya redacción siempre se pronunciaba con cariño y respeto su nombre.

Cuando acudí a la entrevista, el señor Creixell, director-propietario, me dijo:

-¿Cómo es que, teniendo Ud. la misma firma que su ilustre padre, no pertenece a nuestro diario? Según nos ha dicho «Azorín» en un bello artículo, es usted un excelente escritor. Con verdadero orgullo le propongo que entre en la redacción de nuestro periódico.

Le agradecí su amable ofrecimiento y mostré buena disposición para aceptarlo.

-¿Qué debo hacer? -le dije.

-Usted será nuestro cronista de salones.

Con una sonrisa tímida y comprensiva agradecí designación tan poco de acuerdo con mis aficiones y aquella noche, en el primer baile a que asistí, quebrantando mi luto, me desalentó sobremanera el no poder recordar los nombres de mis conocidos. Tampoco acerté a redactar dos líneas seguidas con la reseña de fiesta y, dispuesto a renunciar a tan difícil cargo, me confundí entre los asistentes. Algo anormal debía de expresar mi semblante cuando una bondadosa prima mía se me acercó para preguntarme lo que me pasaba. Cuando le dije cuál era mi situación, me ofreció espontáneamente solucionarla, poniéndose inmediatamente a escribirme la crónica. Cuando me la leyó la encontré admirable. Sólo ella y yo sabíamos que no estaba escrita en serio. Decidimos firmarla con el seudónimo de «Silvia y Silvio». El director de La Unión Mercantil calificó aquel artículo como una obra maestra. Mi colaboradora de aquella aciaga noche era Constancia de la Mora Maura, primera nieta de don Antonio, casada entonces con un primo hermano mío, con el que tuvo luego muy justificadas diferencias (yo serví de testigo favorable a Constancia en su divorcio). Ahora también comparte con muchos españoles prolongado destierro y es la autora de un interesante libro sobre España, Doble esplendor, en el que se habla mucho y mal de mi familia, sin hacer mención de los anteriores detalles, sin duda por lo poco interesantes.

CAPÍTULO VII

Emilio Prados era mi mejor amigo en Málaga. Con una amistad que en un principio se distinguía por el interés mutuo en nuestros problemas personales y que luego, asegurado un recíproco conocimiento, se aventuró en esa búsqueda de lo ajeno, con el intento de sentir acordes. La amistad tiene siempre una primera etapa de fusión, de entendimiento, en que juega el principal papel la simpatía. Tuve la suerte de que tales momentos coincidieran con los más puros años de mi vida, con ese período de encerrada inocencia, de aprisionado candor vehemente. Cuando hoy me veo a salvo de aquella apretada angustia, no puedo menos de alegrarme de haber contado entonces con un amigo como Emilio, que me abrió los ojos a tantas bellezas, que preparó mi corazón para resistir más tarde los más duros golpes.

Después de la muerte de mi madre yo no podía contener todo cuanto sentía. Me despertaba a media noche condenándome por un pequeño olvido. No me perdonaba el haber pasado una tarde, una mañana, unas horas de la noche, sin pensar en ella. Como si mi vida fuera sólo un camino para ir a encontrarla. A Emilio le parecía enfermiza esta dedicación a un recuerdo tan doloroso. No le gustaba verme atormentado y me reprochaba que mi poesía tuviera como único tema lo elegíaco, no le parecía pudoroso ni digno que yo utilizara mis sentimientos para componer unos versos, y sobre la deshumanización del arte hablábamos largamente. Era de ver entonces cómo el poeta, el gran poeta que era Emilio, superaba su realidad con las más bellas imágenes. Un simbolismo desconcertante le apartaba de la vida, mientras yo cada vez más directamente quería encontrar en ella no sólo la inspiración, sino el tema y el desenlace. No brotaba mi poesía de lo humano sino que en lo humano se ahogaba y en lo humano perdía todo ajeno relieve. Aunque con tan distintas intenciones llegáramos los dos a un mismo punto. Hundido yo en la vida si él se alzaba, mi poesía podría ser su reflejo, ya que era muy tersa la superficie [...].

Nunca vi corazón más bondadoso que el suyo, ni carácter más desprendido. Volvía en invierno sin abrigo a la casa de sus padres porque siendo la noche fría prefería que se abrigase un mendigo; o recogía en la calle a dos niños abandonados de seis y cinco años, llevándolos a casa de mi hermana, en donde los vestía para conducirlos a un colegio. Ya teníamos familia con aquellos dos niños y en los domingos los juguetes y dulces formaban parte de nuestras preocupaciones.

Perseguía la belleza por la playa, en el color del mar o de unos ojos, en los movimientos de las olas, en el andar distraído de los jóvenes, en la curva de las palmeras, en el calor del aire, en el dolor, en la alegría.

Era apasionado para el amor y tímido por el contraste entre toda una vida que quisiera entregar y la miseria triste que de sus grandes dones aceptaban. Pero ante la incomprensión y sequedad ajenas él seguía traspasando ternuras, un poco ciego ya ante tanta dureza.

Cuando yo publique, y espero que sea pronto, la totalidad de su obra poética, voy a ofrecer un alma tan extensa que tendremos espacio para ir descubriéndola.

Ahora nos vemos mucho. El otro día me recordaba Emilio el carácter alegre de mi madre, su entereza, su firme estoicismo, hasta en el duro trance, muy pocas horas antes de su muerte.

Ella, que estaba moribunda, lo miraba con el mayor cariño, mientras una religiosa hermanita enfermera le prestaba sus últimos auxilios. Vuelta de espaldas a mi madre, [la monja] le preparaba una medicina, cuando de pronto sintió un pellizco bajo el hábito. Era mi enferma, mi madre alegre, que escondiendo las manos se burlaba de Emilio.

-Pero hombre ¿cómo te atreves a hacer eso?

Y ella y la monja y Emilio estallaron en risas, porque mi madre, a pesar de su gravedad, estaba muy alegre. Ya se había confesado, ya recibió la Eucaristía, la Extremaunción, los santos óleos. Cuando se fue a morir nos hizo arrodillamos y rezar por su alma. Cada uno de sus hijos nos dispersamos solos a llorar por su pérdida.

Tanta serenidad ante la muerte también la pudiera aprender de mi padre, que se murió cuando yo apenas había cumplido los cinco años. Mi padre era escritor, gran escritor festivo, asiduo redactor de agudas «croniquillas» en su diario, en La Unión Mercantil, periódico de Málaga. Cuando murió, el mismo día de su fallecimiento, mandó a la redacción y aún la conservo impresa, una reseña de su muerte, bajo el título de «Yo cadáver», una página llena de buen humor como todas las suyas.

Yo tampoco le temo a la muerte y por eso dejo que salga mi memoria a recibirla, como nos pide en su poesía nuestro Francisco de Quevedo.

CAPÍTULO VIII

Emilio Prados era novio de mi prima Blanca, pero sus relaciones no se llevaron a feliz término, al enfermarse él de tuberculosis pulmonar. Para curarse, sus padres le enviaron al sanatorio Davos en Suiza, el mismo que se describe en La montaña mágica de Tomás Mann. El ser tísico en aquella época producía verdadero terror en torno del enfermo. Todos consideraban a Emilio como el enfermo incurable, y sin embargo, a los pocos meses del tratamiento, regresó saludable y contento. Durante su período de reclusión recibía carta casi diaria de su novia. Casi siempre acompañadas de escapularios y estampitas, que tal vez contribuyeron al milagro. Naturalmente, el amor de Emilio por Blanquita se había acrecentado con la larga separación y, a su regreso, su primera visita fue para ella. En su casa le dijeron que ella estaba en el cine. Fue a buscarla y la encontró acompañada. Aquella misma tarde supo que Blanquita se casaría en breve con Francisco Hinojosa, rico terrateniente de la provincia, y que había sido inducida a ello por la seguridad que su familia le había dado de que Emilio era un enfermo incurable. Si el amor de Emilio por Blanquita desapareció al poco tiempo, tengo motivos para sospechar que su odio por la familia Hinojosa le hizo concebir una cruel venganza. Blanquita tenía un cuñado joven, de inclinaciones intelectuales y románticas. La venganza de Emilio Prados consistió en hacer que José María Hinojosa se hiciera poeta. Empezó de una manera balbuciente. Escribía breves poemas de dos o tres líneas, siempre sobre temas del campo. «El vívido, gráfico poeta agreste», como le llamó Juan Ramón Jiménez, era llamado por nuestro grupo el poeta «ya está», porque al leer un verso suyo, como por ejemplo:

Manzanita
cuajadita
a medias.

al terminar añadía:


-Ya está.


Y hacía lo mismo al leer las demás sensibles y sinceras poesías de su primera época.

[Al] poeta «ya está» lo llamaba Federico «la colodra carpetovetónica» y aunque nunca supimos lo que quiso decir con ello, todos nos figurábamos a José María como un cíclope de una cordillera salvaje.

Había motivos suficientes para que la poesía de José María Hinojosa no fuera recibida con la estimación que creo merece. El que fuera un poeta rico le perjudicaba y el que fuera, además, generoso motivaba las más violentas envidias. Cuando Gerardo Diego publicó la revista Carmen, añadió a los cuadernos antológicos de poesía española un boletín satírico que se titulaba Lola. José María envió colaboración a Carmen, que no publicaron, y en cambio recibió en Lola la siguiente letrilla:


Musa tan fachosa
non vi en la poesía
como la Hinojosa
de José María.
Faciendo la vía
del super-realismo
perdió la sandía
el buen Hinojosa
de José María.
En un reservado
con vanos pintores
con Joaquín Peinado
y Francisco Bores
duros repartía
el buen Hinojosa
de José María.

Estos contratiempos y el análisis de la verdadera situación literaria del ambiente en que obstinadamente quería entrar, produjeron en Hinojosa reacciones muy explicables; a la ingratitud, a la opresión y al conformismo políticos de la generación mía, a la que se le designa a veces como generación de la dictadura, Hinojosa respondió con una actitud de rebeldía y con una obra encauzada hacia lo revolucionario. Cronológicamente, José María Hinojosa es el primer poeta surrealista español y su actitud vital quedó definida en un manifiesto que desde París envió a sus amigos con la vana ilusión de que estampáramos nuestras firmas. En dicho documento Hinojosa atacaba la propiedad, el clero y la familia y soñaba con un mundo mejor, libre de cadenas. Por cierto que en [...] la carta que acompañaba el manifiesto, donde repito se atacaba a la familia como institución social, escribió la siguiente posdata:

«Perdona si he tardado tanto en escribirte, porque he tenido a mi tía enferma y me he pasado varias noches velándola.»


El poeta José María Hinojosa era un hombre muy bueno. Cuando José Moreno Villa, que se lo encontró en París acompañado de su padre, se le acercó para felicitarle por la publicación de su libro La flor de Californía, Hinojosa se apartó con Moreno Villa para decirle que no hiciera mención de ese libro, porque su padre se disgustaría con la noticia de la publicación.

-No debe usted hacer eso -le dijo Moreno Villa-. Tarde o temprano su padre se enterará. Es mejor que se lo diga usted personalmente.

Habían subido a todo lo alto de la Torre Eiffel. En aquella terraza, desde donde se dominaba todo París, Hinojosa creyó llegado el momento y acercándose a su padre le dijo:

-Papá... papá... que me parece que me han publicado un libro.

En París Hinojosa tampoco encontró la solución a sus problemas literarios y morales y realizó un viaje a Moscú.

Nunca supe cuáles fueron sus reacciones ante la vida en la Unión Soviética. Pero sin duda al regreso de este viaje tenía suficientes desilusiones para abandonar el camino emprendido. Con tristeza se refugió en su familia que era muy bondadosa y afectiva. Siempre había visto mal que el hijo escribiera, pero cuando se mostró arrepentido de su obra y dispuesto a renunciar a su vocación, todos se opusieron.

-No, José María, tú tienes mucho talento y tienes que llegar a ser alguien.

Y la manera de que lo fuera fue la de financiarle una campaña política para que lograra un escaño en la Cámara de Diputados.

José María Hinojosa fue candidato del Partido Monárquico en las elecciones del año de 1936 y al iniciar su campaña política, en uno de los mítines en donde iba a contradecirse a sí mismo delante de los trabajadores explotados de sus propias tierras, fue víctima de un sangriento motín que le costó la vida.

A cuchilladas mataron sus compañeros al poeta que había soñado durante toda su juventud con una sociedad más justa.

CAPÍTULO IX

Otro surrealista que renunció a la tendencia política revolucionaria fue el pintor Salvador Dalí. Recientemente unos amigos suyos catalanes refugiados políticos en México solicitaron de Dalí una colaboración para una revista que tenían en proyecto. La contestación de Dalí llegó en una tarjeta postal. Escribió:

«No quiero nada con los vencidos. Salvador Dalí.»

El autor de esa frase fue íntimo amigo de Federico en la Residencia de Estudiantes, donde le conocí esforzándose en adquirir una técnica de dibujo a la que debe hoy en día su fama. Era un muchacho de extraordinaria timidez. Capaz, por lo mismo, de los mayores atrevimientos. Recibió inspiración para su primera época de Federico García Lorca y de Luis Buñuel. Dalí puso su técnica al servicio de estos dos soñadores y más tarde colaboró con Buñuel en dos películas: en El perro andaluz y en La edad de oro.

Una tarde, estando yo desempeñando un modesto empleo en la oficina de turismo del Puerto de Málaga, se me presentó Salvador Dalí con un aspecto que a todos resultaba extraño. Lo recuerdo con la cabeza completamente pelada al rape. Con su bigotito de siempre; los labios que parecían pintados y un collar de cuentas azules en el cuello. Me dijo que había sido invitado por Hinojosa para pintarle un cuadro y que al llamar a la puerta de su casa se habían negado a recibirle. «Lo peor -me decía- es que mi mujer está en la manicura desde las 11 de la mañana». Y eran las cuatro. Sin darme por entendido de los detalles descritos, le acompañé a buscar a Gala. Ella estaba sentada en el banco de la paciencia con un vestido de bailarina de ballet. Con una falda de gasa sobre las rodillas y un corpiño ajustado. Tenía entre sus manos un ramito de rosas de pitiminí. No le hizo ningún reproche a Salvador y salimos a la calle.

Durante varias cuadras Dalí avanzaba besando en los labios a Gala y como yo me tenía que mantener un poco aparte de esas efusiones, aprovechaba la situación para decirles a los amigos que encontraba:

- Como soy del turismo tengo que atenderlos. Son unos egipcios.

Como Dalí me enseñó la carta de Hinojosa invitándole y además me expuso que su situación económica no tenía ninguna salida, los llevé a la casa del poeta. Entré yo primero y les expuse a los padres las razones por las que debían de atender al pintor sin darle importancia a la manera cómo iban vestidos, ya que se trataba de artistas bohemios.

Recuerdo una noche con ellos en el Café de Chinitas. Una taberna de Málaga de ambiente popular. Se cuenta que en dicho establecimiento, estando una cantaora cantando la copla que dice:

Quién me pegaría a mí
un tirito en mitad del corazón.

Se levantó en la sala un flamenco que, disparando contra la artista, la dejó muerta en el escenario, diciendo:

-Yo.

En ese café, en uno de los palcos laterales, Dalí, Gala, Hinojosa, Prados y yo asistimos al espectáculo. Una pareja de bailarines actuaban en la escena un número de éxito. Cuando terminaron de bailar, Gala le compró a la vendedora de flores un ramito de violetas y, colocando dentro de él uno de los billetes de mil pesetas que José María les había anticipado por un cuadro, les arrojó el ramo a los artistas. Cuando los bailarines recibieron el obsequio, dieron muestras de haber perdido el juicio. Avanzaron desde el escenario hacia el público gritando:

- ¡Afuera todo el mundo, que ahora empieza la juerga!

Y lograron con esta imposición que nos quedáramos a solas con ellos.

Gala vestía aquella noche un modelo francés de traje de noche, azul celeste con una cola de medio metro, y Salvador Dalí iba de frac. A la mañana siguiente supimos que Dalí tenía un contrato con un marchant de París que le pagaba unos miles de francos por dos cuadros al mes. Para cumplir su compromiso Dalí se detuvo en una ferretería, de cuya fachada sobresalía una pintura de metal, donde en relieve y con diversos colores, figuraba el muestrario de toda clase de cohetes pirotécnicos. Entró para comprarlo. Creo que pagó cincuenta pesos por el cartel y luego en un café con tinta china dibujó sobre los cohetes en relieve unas hormigas negras y una llave. El resultado de este trabajo fue enviado a París para cobrar su contrato.

Gala y Dalí vivieron casi todo el tiempo en Torremolinos, una playa de las cercanías de Málaga. Ahora de moda; pero en aquellos tiempos no era visitada sino por escasos turistas extranjeros.

En la arena, al pie del acantilado, encontré a Dalí y Gala completamente desnudos. Como era invierno yo llevaba un grueso abrigo, que me estaba algo grande, por ser heredado de mi tío. Gala, estudiando mi sombra sobre la arena, me echó las cartas con una baraja holandesa. Su vaticinio fue sobrecogedor, pero no logró asustarme. Le sorprendió mucho que yo no hubiera encontrado en mi camino a nadie escondido tras las peñas espiándolos, pues se bañaban así por puro exhibicionismo morboso.


El cuadro que pintó para Hinojosa nos gustó mucho, pero el día antes de su partida visitó a nuestro amigo suplicándole que le devolviera el cuadro por unas horas, pues tenía que hacerle algunas correcciones. Sin duda le faltaba alguna llave o algunas hormigas. Candorosamente, Hinojosa le entregó el cuadro, que no volvió a ver nunca más en la vida, a pesar de que le costó bastante caro.

Esto me recuerda una escena que yo no presencié y que me contaron. Federico García Lorca y Salvador Dalí querían venderle un cuadro a un diplomático sudamericano y después de enseñárselo estuvieron varias horas con él en un café tratando de convencerle. Como no se decidía, Federico le dijo:

-Oiga, ¿me puede usted dar dos duros?

El diplomático se los dio y Federico puesto de pie le dijo a Dalí:

-Un duro para ti y otro para mí y vámonos, que este señor es un pesado.

CAPÍTULO X

Llegué a París después de haber pasado por Hendaya, en donde me detuve para saludar a don Miguel de Unamuno, con quien pasé tres días. Unamuno, que hablaba siempre de memoria, que escribía de memoria, después de aprenderse muy bien sus pensamientos, que nunca improvisaba. «La memoria, nos dice, es la base de la personalidad individual así como la tradición es la base de la personalidad colectiva de un pueblo.» La memoria es nada menos que todo eso: la base de la personalidad. Después de hablar con don Miguel, comprendí la importancia que para esta gran persona tenía que tener la memoria. y no como tema de disertación, sino como actividad constante, como ejercicio vital, como recurso. Unamuno no improvisaba nunca, aunque a veces simulase el tono hablado, desnudo de oratoria, que le salía tan bien.

«Luchar. ¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle en la cara: ¡mentira! y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón! y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos! y ¡adelante! ¡Adelante, siempre.»

Estoy seguro que esto lo repitió de memoria muchas veces, ya que frases así, que a mí me dijo en tono familiar, luego las encontré reproducidas, impresas, en no sé qué periódico. Me decía:

«Después de almorzar juego mi partido de mus con tres de mis mejores amigos de Hendaya, un comerciante en ropas de mujer, un vendedor de artículos de goma, y un señor carnicero. Me place el carnicero, pues a pesar de que nunca nos jugamos la plata, pone en el juego todas sus pasiones. ¡Ese carnicero juega con toda su alma! Para mí la pasión debe ser el eje del espíritu. Apasionarse es tener derecho a vivir la vida. Lo demás es digerir la vida sin soñarla.»

Le escuché estas palabras y me acordaba entonces de que no quiso colaborar con nosotros en el homenaje a Góngora que publicamos en Litoral, nuestra revista de la Imprenta Sur, porque decía que nada tenía que ver con la retórica, él, profesor de griego, filósofo como Nietzsche, y como Nietzsche un profundo desengañado de la ciencia, un gran poeta de la voluntad y del sentimiento. A pesar de su maestría, vuelvo a repetir que tuvo el mayor interés en que no le considerara como un artista, ni como un científico. ¡Cómo defendió por todos los medios su posición de poeta sentimental! Por eso consideraba como a sus contrarios a los intelectuales, contra quienes recuerda un famoso pasaje de Lord Byron. En un poema de este gran romántico, Caín le pregunta a Lucifer, príncipe de los intelectuales: «¿Sois felices?» A la que Lucifer responde: «Somos poderosos». y Caín replica: «¿Sois felices?» y entonces el gran intelectual le contesta: «No. ¿Lo eres tú?»

Unamuno escuchó también las palabras de Satán que le dijo: «Escoge entre el amor y la ciencia. No hay otra elección.» Unamuno, sin vacilar un momento, menospreció la ciencia y se puso a compadecerse de todo.

CAPÍTULO XI

A Salvador Dalí y Gala me los volví a encontrar en París, donde la fama del pintor fue consolidándose. Trabajaba mucho y casi siempre con luz eléctrica. En su casa comí por una vez erizos de mar. Colaboré con ellos en la confección de objetos surrealistas. Muy seriamente combinaban zapatos viejos, cepillos de dientes, borlas de polvos, plumeros y al resultado de esas combinaciones las llamaban esculturas pornográficas y al taller llegaban los mejores fotógrafos de las revistas de artes para tomar vistas de tales monstruosidades.

Yo fui por unos días maestro de tipografía de Gala, porque en París también tuve una imprenta. Vivía yo como huésped en la casa de una viuda de un coronel. Familia que tenía varios hijos. Familia muy respetable. Como yo tenía que ganar dinero para mis gastos, una mañana le pedí permiso a la señora para instalar en mi cuarto mi máquina de imprimir y ella bondadosamente me lo concedió. Su sorpresa fue muy grande cuando vio que el ascensor donde yo puse la máquina se quedó atorado entre dos pisos. La pobre señora había creído que se trataba de una máquina de escribir. Pero como era más fácil subirla que bajarla, tuvo que conformarse con que yo la instalara en el cuarto.

Sobre esta imprenta casera Ramón Gómez de la Serna publicó en La Voz de Madrid un artículo lleno de sus famosas greguerías. En ellas se contaba que yo con la imprenta en mi cuarto debía de parecer un monedero falso. Este comentario me produjo disgustos familiares, pues el artículo fue convertido en noticia y de Málaga me escribieron mis hermanos reprochándome mi deshonrosa conducta.

En mi imprenta de París publiqué el libro más breve de que tenga memoria. Constaba de ocho páginas y aparte de la portada, que llevaba por título Un verso para una amiga, solamente tenía impresa una palabra en cada una de sus páginas. El total de la composición dice:

«Escucha mi silencio con tu boca.»

Hice sin gran esfuerzo la traducción al francés y me pasé varios días imprimiendo el escueto poema. Fue el mejor negocio editorial de mi vida, pues aquellas ocho páginas circularon por París como tarjetas de Navidad y se vendieron bastante. Lo malo fue que en una de las librerías donde tuvo más éxito el folleto, me entregaron a cambio una primera edición de lujo, ejemplar numerado, del Ulises de Joyce. La librería se llamaba Shakespeare & Co., y en ella me presentaron al gran escritor irlandés, cuyo libro me sirvió como regalo para corresponder a la invitación que me hizo un amigo de pasar una semana en Suiza.

CAPÍTULO XII

En mi imprenta de París recibí la visita de Rafael Alberti y de María Teresa León. Hacía poco también que se habían casado. Habían pasado la luna de miel en Palma de Mallorca, donde Rafael escribió su drama Fermín Galán, cuyo estreno pasó sin pena ni gloria. A ella le llamaban la George Sand de Burgos, por ser oriunda de esa ciudad y por su gesto romántico de raptarse su poeta. A Rafael lo conocía yo desde niño y luego más tarde como uno de los colaboradores más asiduos de la revista Litoral. Su éxito como poeta rivalizaba con el de Federico García Lorca, porque además de escribir con un perfecto dominio de lenguaje, tenía grandes condiciones histriónicas recitando sus versos en salones y tertulias, con éxito o con escándalo. En un liceo de señoras, donde figuraban las esposas de los principales escritores de la generación del 98, dio una conferencia criticando a estos poetas y novelistas. Muchas señoras se levantaron y abandonaron el salón, mientras el poeta decía:

Ya se van las cabritas
dejando sus cagaditas.

Si esto no tenía gracia demasiado fina, en otras ocasiones sí supo conquistarse la admiración de todos. En aquel tiempo yo lo consideraba como un maestro y su visita me fue grata.

No tardaron en convencerme que la situación económica de ambos era difícil y que tenían que hacer algo para ganar dinero. No supe qué aconsejarles, pero como solución pasajera les propuse que me acompañaran a veranear a la Isla de Port Cros, cerca de Niza, en donde el poeta Julio Supervielle había hecho habitables algunas habitaciones del ruinoso castillo de Francisco I.

La Isla de Port Cros es uno de los lugares más hermosos del Mediterráneo. En sus bahías estaban anclados infinidad de yates. Sus playas son templadas y bellísimas. Invitados por Supervielle, a quien yo presenté a los Alberti, fuimos los tres aquel verano. De vez en cuando recibía yo cartas de mi segunda novia, que era granadina. Como yo le había publicado algunos poemas, ella me escribía casi siempre en un tono poético, que me agradaba mucho por ser una prueba más de su cariño. En una carta me decía que soñaba con casarse conmigo y hacer un viaje por oriente en un barco donde ella, descalza sobre la cubierta, se pasara los días mirando el mar y el cielo. Soñaba también con que tuviéramos un hijo que naciera con los ojos abiertos. A mí la carta me gustó mucho, pero a Rafael le produjo tanto coraje que me hizo una traición tremenda. Dibujó en un papel monstruosas obscenidades y metiéndolo en un sobre se lo envió por correo a mi novia, de la cual naturalmente no he vuelto a tener noticias.

Tampoco me gustó el que a la llegada del gran escritor André Gide, que nos visitó una tarde, lo recibiera vestido de mujer, pues lo consideré una broma de mal gusto y una falta de respeto.

Rafael hizo una traducción de un poema de Supervielle con mucho acierto. Pero lo que no estuvo bien es que pidiera por ella mil francos, ni que al cobrarlos se dedicara día y noche a traducir las obras completas de nuestro huésped, [a] quien por ese motivo le resultó demasiado cara nuestra estancia. Este suceso motivó que yo acortara mis vacaciones, regresándome a París antes de tiempo.

CAPÍTULO XIII

Volví a Madrid, en donde me admitieron como expedicionario del río Amazonas, expedición que nunca llegó a realizarse pero que me entretuvo varios meses colaborando en los preparativos de la marcha, consiguiendo que el «Artabro», nuestro navío, también tuviera imprenta. Dejé la expedición para casarme. Con Concha Méndez, mi mujer, continué trabajando en la imprenta, primero en Madrid, con la revista Héroe (1932) y luego en Londres en donde publicamos la revista 1616 (1934-35), el año de la muerte de Shakespeare y de Cervantes. Desde entonces mis libros se alternan con los suyos. Mi Lenta libertad (1936) con su Niño y sombras (1936). Mi biografía de Garcilaso (1933) con su teatro infantil El carbón y la rosa (1935).

Recuerdo que, entre las noticias y comentarios que de nuestra imprenta se publicaron en España, hubo uno muy notable de Gómez de la Serna, que publicó una novelesca greguería sobre nuestra imprenta, en la que aparecíamos como posibles monederos falsos en Londres.

Seguimos publicando nuestros libros. Del teatro de Concha, de su Solitario, son estos versos dichos entre el farero y un personaje que representa el tiempo:

TIEMPO: Yo el tiempo doy sobre ti.
Caigo sobre tu memoria
como torrente de historia
en un mar de frenesí.
Desemboco, aumento así,
los mates de mi pasado.
En ellos llevo ganado
lo que tú tienes perdido.
Son mis aguas el olvido,
turbio alud encenegado.