viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO IV

Aunque sí estuve en mí antes de haber cumplido veinte años, hasta entonces ni siquiera intenté reconocerme. Los acontecimientos del mundo exterior apenas si me herían, sin que ningún suceso llegara a ponerme en carne viva el alma. Bien guardada debí tenerla y sólo quienes me quisieron la adivinaban a través de mis ojos, en alguna expresión verbal inconsciente, en actos o impulsos que no pude refrenar, las flores únicas de mi vida, sometida en aquel tiempo a un desolado ambiente. Años sin mí, años de una formación que había de derrumbarse. Paredes de una vida con muy ciegas ventanas, con una dañosa blancura defensora, pueril inocencia cuya cal y cantos caerían por tierra más tarde, muros opacos que al desaparecer de pronto no dejaron encajada la luz en sus torpes límites, sino que dándole libertad la disiparían en una tenue frontera con las sombras.

Yo, que llegaba aquella noche tarde a mi casa, después de caminar inútilmente, a deshora, me vi sorprendido con la luz alta de uno de sus balcones, desde donde me bajó un grito no [sé] si de alegría por mi regreso o de reproche por mi larga tardanza. Me despertó esa voz. Es a mí, dije. Y al decir «mí», me encontré con quien soy. Esa voz sigue todavía golpeando insistente contra todas las puertas de mi alma. Quise subir, volar, llegar hasta los ojos de mi madre. A ella, que había pasado frío por mi ausencia. En su balcón, entre dos nubes, yo sé que todavía mi madre está esperándome, rodeada de su tibia luz alta. Aquella noche es la de hoy. Será una noche eterna.

Ella, al verme, gritó y me tiró a la calle, envuelta en un periódico, la llave de la casa. Al bajarme a cogerla, flagelaron mi espalda como látigos sus largos gritos. Subí. Mármoles. Hierros, cristal, madera, lana. Entré en mi casa a oscuras. Hice la luz. No olvido que aquella noche fue una noche triste. Mi madre cayó enferma. Yo no dormí. La quise siempre tanto.

Cuando temí perderla empecé a conocerme, porque empecé a saber que la quería. Si conoces tu amor ya te conoces. Sabrás siempre quién eres cuando sepas querer. «Nuestra separación última qué muerte fue tan amarga.» Pero morir de amor, dejar el cuerpo propio y el ajeno, ganando la libertad del espíritu, es renacer a un cielo muy difícil. Todavía mi alma sigue desnuda, desde entonces. Desde ese día supe que yo era un hombre.

Después de haber rezado a los pies de su cama durante su agonía, me fui a llorar por ella a mi cuarto, ahogando mis quejidos en la colcha, mojando las tinieblas, sin encontrarle límites a mi dolor, pareciéndome grandes como el mar o los montes aquellos muebles con los que tropezaba.