viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XXVI

Al cumplir mis 33 años averigüé que me alcanzaba la Ley del Servicio Militar y que era obligación mía presentarme en el lugar de reclutamiento, que era la plaza de toros. Estaba el ruedo lleno de multitud de reclutas. Apenas estuvimos unas horas recibiendo las primeras nociones de la instrucción militar. Hacinados en camiones fuimos conducidos al frente.

No tardaron en descubrir que yo era un escritor y me ordenaron que me presentara en el cuartel general del Estado Mayor. No dejó de extrañarme el que mi nombre tuviera cierta significación en aquellas circunstancias. Un incidente tragicómico me había hecho tener días antes un pobre concepto de mi popularidad. Estando sentado en un café, al aire libre, tuvo lugar una redada de la policía que buscaba elementos sospechosos. Entre inocentes y culpables fui conducido a la Delegación. Un inspector nos fue recibiendo uno por uno. Cuando me llegó mi turno tuve que contestar a un interrogatorio. Al decir mi nombre, el Inspector hizo un gesto que me llenó de vanagloria, dijo:

-Me suena, me suena.

Yo le contesté:

-No me extraña, porque soy escritor.

Pero el Inspector no hizo caso de mis palabras y tocó nerviosamente un timbre diciéndole a su ayudante:

-Me parece que éste fue detenido la semana pasada. Busca su expediente.

Afortunadamente todo quedó aclarado y yo convencido de que el prestigio de mi obra no había llegado a ciertos sectores.

En el frente sucedió de otra manera:

Mientras la mayoría de mis compañeros de quinta dormían a la intemperie en las trincheras de la libertad, yo asistí aquella tarde a una suculenta comida en la misma mesa que los altos oficiales. Algo sucedió que me dejó un sinsabor en el recuerdo. El Coronel, para agradarme, ordenó a uno de sus ayudantes que recitara en honor mío «La casada infiel» de Federico García Lorca. Siempre me fue antipática la popularidad de dicha composición. Pero en aquel ambiente su sensualismo artificioso y su retórica populista me parecieron abominables. Y, sin embargo, el gesto de mi jefe fue de una gran delicadeza para conmigo. El infierno está empedrado de buenas intenciones.

Estuve unos días en plan de poeta cortesano. Lo era porque mi vida transcurría al amparo del alto mando. Admiré el sentido de responsabilidad con que se comportaba el Estado Mayor. Participé en sus inquietudes, pero no en los riesgos. Sentía yo que mi obra me defendía, como la corta edad defiende a los niños, como la belleza defiende a las mujeres; y una mañana me dije que las cosas no podían seguir así y que yo tenía que hacer algo.

Me confiaron hacer labor cultural en el ejército. El Comisario que me acompañó en mis primeras labores era un joven que carecía por completo del sentido de la medida.

Fue desmesurada la presentación que hizo de mi personalidad ante el primer grupo de combatientes que tuvo oportunidad de escucharme. Cuando llegamos a un hangar en donde trabajaban un centenar de soldados en las reparaciones mecánicas de aparatos de telecomunicaciones, con voz de mando los congregó en torno mío:

-Camaradas, aquí está con nosotros un intelectual que lo sabe todo. De manera que podéis preguntarle lo que queráis.

Aquellas palabras me desconcertaron y por un momento temí que el auditorio obedeciera y yo quedara en ridículo por mi ignorancia. Pero nadie me preguntó nada. El comisario continuó:

-En vista de que nadie te pregunta nada, yo voy a permitirme plantearte una cuestión: quiero que nos digas cuál es en tu sentir la misión de un intelectual durante la guerra.

Reflexioné unos instantes. Quería ser sincero y honrado. Llevaba yo ya una semana de ocio. Ni trabajaba como aquellos hombres, ni corría los peligros del frente. No tuve más remedio que expresarme así:

-No creo que el hecho de ser intelectual nos desligue de ninguna de las obligaciones que todos los hombres por igual tienen con la patria. Y el intelectual que valiéndose de su prestigio elude dichas obligaciones, yo creo que es un sinvergüenza.

No quise decir una palabra tan fuerte, pero se me escapó porque no encontré otra.

Olvidé decir antes que con el comisario nos acompañaba un sastre de Valencia. Era un buen muchacho, que no había escrito una línea en su vida y que, sin embargo, figuraba como escritor prestigioso. Al escuchar mis palabras, gritó lleno de indignación:

-Protesto en nombre de los intelectuales.

Tuve que continuar mi discurso. Yo me creía ante una representación genuina del proletariado industrial y del campesinado de España. Llevé mi discurso aun tono sentimental y lírico. Exhortaba a los obreros de la ciudad a que tomaran contacto con las maravillas de la naturaleza con motivo del eventual abandono de las urbes. Exhortaba a los campesinos a que, durante sus días de licencia admirasen el progreso industrial de las ciudades.

-Obreros, campesinos...

Repetía yo a cada paso y al terminar vine a enterarme que aquellos hombres que trabajaban como mecánicos eran ingenieros, abogados y arquitectos. Establecida la confianza entre nosotros, me preguntaron sobre la última obra de Stravinski, que naturalmente yo desconocía, y por la última novela de Tomás Mann, cuyo título también ignoraba.