viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XXV

Con ese mismo Ministro de Instrucción Pública tuve meses más tarde un incidente desagradable. Estando en Barcelona, mi amigo Corpus Barga, el Jefe de Relaciones Culturales de ese Ministerio, tuvo que salir de España a cumplir una misión confidencial. Era un gran escritor, que pertenecía a la más antigua aristocracia española. Varios títulos nobiliarios y la grandeza de España hubiera podido ostentar de haber militado en las filas contrarias; pero su amor por la libertad y la democracia hacía que estuviera con nosotros. Me suplicó que ocupara su puesto. Me dijo:

-El puesto es de responsabilidad, pues suelen visitarnos escritores de todas partes del mundo y no quisiera ser reemplazado por un ignorante.

Acepté. Instalado en mi oficina me preparaba a despachar la correspondencia cuando vi que en la pieza vecina una atractiva muchacha ordenaba infinidad de revistas y folletos que estaban desordenados en el suelo. Me creí obligado a compartir la tarea. Me acerqué a la secretaria y, arrodillado también en el suelo, empecé a clasificar con ella folletos y revistas. Me pareció por un momento que éramos como dos niños jugando en una habitación. De este sentimiento infantil sentí el despertar de la adolescencia y, sin saber cómo, en un momento en que nuestras cabezas buscaban el título de un libro, se juntaron repentinamente nuestros labios. La escena no podía continuar en aquella postura y poco a poco nos fuimos incorporando, uniendo nuestros cuerpos, abrazándonos con inconsciente pasión. No nos dábamos cuenta de que estábamos delante de un gran ventanal con cristales esmerilados y que una luz contraria hacía que nuestras figuras enlazadas se recortaran con claridad. En ese momento por el ascensor del patio subía un empleado, que fue testigo de la escena y con indignación presentó sus quejas al Ministro.

No supe de esta denuncia hasta el regreso de mi amigo, quien encarándose conmigo la misma mañana de su llegada, me preguntó si era cierto lo que le habían dicho. En defensa de la muchacha negué calurosamente el suceso y, tranquilizado con mis palabras, fue a desmentir la acusación ante su jefe. No transcurrió media hora sin que el Ministro y el Subsecretario, acompañados del denunciante, se presentaran en la oficina; y el Ministro y el Subsecretario, delante del cristal esmerilado y siguiendo las indicaciones del denunciante, que actuaba como director de la escena, se abrazaron. Por mucho que me remuerda la conciencia por mi falta, siento vergüenza por la actitud ridícula asumida por unos funcionarios que debieron dedicar su tiempo a labores más provechosas que a hacer investigaciones amorosas.