viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO III

Desde muy joven tuve contacto con personajes de la política española, aunque estas relaciones poco o nada tuviesen que ver con los asuntos públicos y sólo obedecieron a razones de familia o a circunstancias personales.

Dos eran por aquellos años los más destacados políticos conservadores de la monarquía española. Don Eduardo Dato y Don Francisco Bergamín. Voy a referir, muy brevemente, cómo tuve ocasión de conocerles [...].

A mis 14 años (nací en 1905) era yo alumno interno en el colegio de los jesuitas de Miraflores del Palo, en Málaga, finalizando los estudios de mi Bachillerato, pero reglamentariamente teníamos que pasar exámenes en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza para obtener nuestras calificaciones. Aquel año cuando le llegó el turno a mi examen de Preceptiva Literaria, el tribunal encargado de interrogarme, en lugar de hacerlo sobre los temas del programa, recibió mi nombre con sorpresa y sólo se preocupó de investigar datos sobre mi familia, anomalía explicable por la noticia aparecida aquella mañana en un periódico de Madrid (El Liberal, junio 1919), sobre la muerte de un millonario argentino, Altolaguirre de apellido como yo, cuyos herederos andaluces no aparecían por ninguna parte.

Me fastidió que me aprobasen sólo porque contesté que era heredero de un difunto y regresé de muy mal humor a casa en donde encontré a varios de mis profesores empeñados en convencer a mi madre de que debiera reclamar tan fabulosa fortuna. Ella, ante tales posibilidades, se puso inmediatamente en comunicación con don Eduardo Dato, exministro de la monarquía, quien, como abogado aceptó la defensa de nuestros intereses, que no se pudieron salvar pese a su buena voluntad y a sus reconocidos méritos como civilista. Pero de todo aquello resultó una buena amistad con una señora muy simpática e inteligente, con Isabel, luego Duquesa de Dato, hija de nuestro defensor y a la que debo, durante los últimos años de su vida, muchas y exquisitas atenciones, entre las cuales recuerdo [ ...] su invitación a una comida en la casa del Marqués de Valdeiglesias, director del periódico monárquico La Epoca, comida celebrada en los primeros días de junio de 1936, que me propongo describir en otro capítulo, ya que ahora quiero seguir recordando la época de mis estudios.

Aprobado que fui en mi examen de Preceptiva literaria, finalicé con éxito mi bachillerato y emprendí de modo tan vertiginoso la carrera de leyes que a los dos años me gradué como abogado en la Universidad de Granada, para lo cual tuve que ganar asignaturas durante los veranos, cosa que hice para estar pronto en condiciones de ayudar económicamente a mi madre, viuda con siete hijos, que mucho lo necesitaba. Siendo pues casi un niño, le escribí a don Francisco Bergamín la siguiente carta:

Mi querido amigo y compañero: Habiendo finalizado mis estudios jurídicos y necesitando añadir a mis conocimientos teóricos la experiencia necesaria para el ejercicio de mi profesión, me permito recordarle su buena amistad con mi difunto padre (q.e.p.d.) para rogarle me acepte como pasante en su bufete, señalado servicio que le agradecerá siempre su affmo. amigo, q.e.s.m.


Manuel Altolaguirre.



Esta carta tuvo un éxito inesperado. A vuelta de correo recibí del señor Ministro contestación de su puño y letra concediéndome la plaza solicitada en su bufete. Y si la sorpresa fue grande para mí, aún produjo mayor impresión en mi madre que, llena de ilusiones, se apresuró a proporcionarme todo lo necesario para mi traslado a la Corte, viaje que realicé a los pocos días. Toda mi familia acudió a despedirme. Todos se asombraban de que tan joven hubiera obtenido distinción tan extraordinaria, ya que para merecerla yo necesitaría por lo menos algunos años más. Sin embargo, a pesar de mis verdes conocimientos, don Francisco Bergamín me recibió con gran cordialidad e hizo todo lo posible para que yo adelantase en mi carrera. Aquel hombre tan inteligente sin duda adivinó mi incapacidad, pero tuvo buen cuidado de no desalentarme. Con su hijo Pepe me hacia trabajar en materias de derecho, a las que ninguno de los dos atendíamos. Otras eran ya nuestras aficiones. Andando el tiempo nuestro campo sería el de la literatura y en lugar de atender entonces a los litigios comentábamos lecturas recientes, conversaciones a las que debo mucho de mi formación literaria.

[ ...]

Por lo anteriormente dicho se adivinará mi fracaso en la abogacía. En efecto, a los pocos meses tuve que regresarme a Málaga.