viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XII

En mi imprenta de París recibí la visita de Rafael Alberti y de María Teresa León. Hacía poco también que se habían casado. Habían pasado la luna de miel en Palma de Mallorca, donde Rafael escribió su drama Fermín Galán, cuyo estreno pasó sin pena ni gloria. A ella le llamaban la George Sand de Burgos, por ser oriunda de esa ciudad y por su gesto romántico de raptarse su poeta. A Rafael lo conocía yo desde niño y luego más tarde como uno de los colaboradores más asiduos de la revista Litoral. Su éxito como poeta rivalizaba con el de Federico García Lorca, porque además de escribir con un perfecto dominio de lenguaje, tenía grandes condiciones histriónicas recitando sus versos en salones y tertulias, con éxito o con escándalo. En un liceo de señoras, donde figuraban las esposas de los principales escritores de la generación del 98, dio una conferencia criticando a estos poetas y novelistas. Muchas señoras se levantaron y abandonaron el salón, mientras el poeta decía:

Ya se van las cabritas
dejando sus cagaditas.

Si esto no tenía gracia demasiado fina, en otras ocasiones sí supo conquistarse la admiración de todos. En aquel tiempo yo lo consideraba como un maestro y su visita me fue grata.

No tardaron en convencerme que la situación económica de ambos era difícil y que tenían que hacer algo para ganar dinero. No supe qué aconsejarles, pero como solución pasajera les propuse que me acompañaran a veranear a la Isla de Port Cros, cerca de Niza, en donde el poeta Julio Supervielle había hecho habitables algunas habitaciones del ruinoso castillo de Francisco I.

La Isla de Port Cros es uno de los lugares más hermosos del Mediterráneo. En sus bahías estaban anclados infinidad de yates. Sus playas son templadas y bellísimas. Invitados por Supervielle, a quien yo presenté a los Alberti, fuimos los tres aquel verano. De vez en cuando recibía yo cartas de mi segunda novia, que era granadina. Como yo le había publicado algunos poemas, ella me escribía casi siempre en un tono poético, que me agradaba mucho por ser una prueba más de su cariño. En una carta me decía que soñaba con casarse conmigo y hacer un viaje por oriente en un barco donde ella, descalza sobre la cubierta, se pasara los días mirando el mar y el cielo. Soñaba también con que tuviéramos un hijo que naciera con los ojos abiertos. A mí la carta me gustó mucho, pero a Rafael le produjo tanto coraje que me hizo una traición tremenda. Dibujó en un papel monstruosas obscenidades y metiéndolo en un sobre se lo envió por correo a mi novia, de la cual naturalmente no he vuelto a tener noticias.

Tampoco me gustó el que a la llegada del gran escritor André Gide, que nos visitó una tarde, lo recibiera vestido de mujer, pues lo consideré una broma de mal gusto y una falta de respeto.

Rafael hizo una traducción de un poema de Supervielle con mucho acierto. Pero lo que no estuvo bien es que pidiera por ella mil francos, ni que al cobrarlos se dedicara día y noche a traducir las obras completas de nuestro huésped, [a] quien por ese motivo le resultó demasiado cara nuestra estancia. Este suceso motivó que yo acortara mis vacaciones, regresándome a París antes de tiempo.