viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO I

Mi mano tenía entonces el tamaño de una de las alas del gorrión que la monja del convento de enfrente me trajo al venir a mi casa por su limosna; un gorrión que no podía volar, que saltaba alrededor mío sin esconderse, como pidiendo algo, brincos que parecían latidos, que me alegraban como golpecitos de afecto. Lo miraba yo como a un hijo mío, porque siendo mis padres tan altos y el gorrión tan chico una relación de tamaño me lo hacía familiar. Yo seguía con la mirada sus movimientos igual que mi padre seguía el andar de mis primeros pasos. Recuerdo mis manos que eran muy pequeñas, tanto que al sostener el pájaro tuve que juntarlas en forma de cuna, como para recibir un puñado de anises, hasta que un temblor de alas hizo que las abriera de pronto.

-Lo va a matar. No le debemos dejar que lo toque.

Pero cuando lo tuve otra vez entre mis manos lo apreté tanto que por poco lo ahogo.

-No lo estrujes, que lo matas- me dijeron, y, aunque yo no sabía lo que era la muerte, dejé de apretarlo y el gorrión dio un sal tito y se fue. Huía de mí. Quería esconderse. Se metió bajo los hábitos de la monja.

Aún hoy, la oigo decir:

-Te voy a pisar. Te voy a pisar.

Luego, ya nadie lo encontraba porque se escondió detrás de una canasta grande, llena de ropa limpia. Mi padre, que leía sentado en su butaca, adivinó su escondite.

-Aquí debe de estar -dijo, retirando la canasta con violencia.

Lo vi un momento echando sangre, muriéndose. Mi madre, para que yo dejara de llorar me llevó a su cuarto, me sentó en sus rodillas y me secó las lágrimas con su delantal blanco. Vivíamos en una casa con mucha luz, en Archidona, pueblo de la provincia de Málaga, en donde mi padre era juez. Allí pasé varios años de mi primera infancia pero no recuerdo otra cosa que la escena que acabo de contar. El gorrión me hizo tomarle miedo a las canastas y todavía, a pesar de lo livianas que son, cuando tomo alguna me parece que levanto un gran peso.