viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO VIII

Emilio Prados era novio de mi prima Blanca, pero sus relaciones no se llevaron a feliz término, al enfermarse él de tuberculosis pulmonar. Para curarse, sus padres le enviaron al sanatorio Davos en Suiza, el mismo que se describe en La montaña mágica de Tomás Mann. El ser tísico en aquella época producía verdadero terror en torno del enfermo. Todos consideraban a Emilio como el enfermo incurable, y sin embargo, a los pocos meses del tratamiento, regresó saludable y contento. Durante su período de reclusión recibía carta casi diaria de su novia. Casi siempre acompañadas de escapularios y estampitas, que tal vez contribuyeron al milagro. Naturalmente, el amor de Emilio por Blanquita se había acrecentado con la larga separación y, a su regreso, su primera visita fue para ella. En su casa le dijeron que ella estaba en el cine. Fue a buscarla y la encontró acompañada. Aquella misma tarde supo que Blanquita se casaría en breve con Francisco Hinojosa, rico terrateniente de la provincia, y que había sido inducida a ello por la seguridad que su familia le había dado de que Emilio era un enfermo incurable. Si el amor de Emilio por Blanquita desapareció al poco tiempo, tengo motivos para sospechar que su odio por la familia Hinojosa le hizo concebir una cruel venganza. Blanquita tenía un cuñado joven, de inclinaciones intelectuales y románticas. La venganza de Emilio Prados consistió en hacer que José María Hinojosa se hiciera poeta. Empezó de una manera balbuciente. Escribía breves poemas de dos o tres líneas, siempre sobre temas del campo. «El vívido, gráfico poeta agreste», como le llamó Juan Ramón Jiménez, era llamado por nuestro grupo el poeta «ya está», porque al leer un verso suyo, como por ejemplo:

Manzanita
cuajadita
a medias.

al terminar añadía:


-Ya está.


Y hacía lo mismo al leer las demás sensibles y sinceras poesías de su primera época.

[Al] poeta «ya está» lo llamaba Federico «la colodra carpetovetónica» y aunque nunca supimos lo que quiso decir con ello, todos nos figurábamos a José María como un cíclope de una cordillera salvaje.

Había motivos suficientes para que la poesía de José María Hinojosa no fuera recibida con la estimación que creo merece. El que fuera un poeta rico le perjudicaba y el que fuera, además, generoso motivaba las más violentas envidias. Cuando Gerardo Diego publicó la revista Carmen, añadió a los cuadernos antológicos de poesía española un boletín satírico que se titulaba Lola. José María envió colaboración a Carmen, que no publicaron, y en cambio recibió en Lola la siguiente letrilla:


Musa tan fachosa
non vi en la poesía
como la Hinojosa
de José María.
Faciendo la vía
del super-realismo
perdió la sandía
el buen Hinojosa
de José María.
En un reservado
con vanos pintores
con Joaquín Peinado
y Francisco Bores
duros repartía
el buen Hinojosa
de José María.

Estos contratiempos y el análisis de la verdadera situación literaria del ambiente en que obstinadamente quería entrar, produjeron en Hinojosa reacciones muy explicables; a la ingratitud, a la opresión y al conformismo políticos de la generación mía, a la que se le designa a veces como generación de la dictadura, Hinojosa respondió con una actitud de rebeldía y con una obra encauzada hacia lo revolucionario. Cronológicamente, José María Hinojosa es el primer poeta surrealista español y su actitud vital quedó definida en un manifiesto que desde París envió a sus amigos con la vana ilusión de que estampáramos nuestras firmas. En dicho documento Hinojosa atacaba la propiedad, el clero y la familia y soñaba con un mundo mejor, libre de cadenas. Por cierto que en [...] la carta que acompañaba el manifiesto, donde repito se atacaba a la familia como institución social, escribió la siguiente posdata:

«Perdona si he tardado tanto en escribirte, porque he tenido a mi tía enferma y me he pasado varias noches velándola.»


El poeta José María Hinojosa era un hombre muy bueno. Cuando José Moreno Villa, que se lo encontró en París acompañado de su padre, se le acercó para felicitarle por la publicación de su libro La flor de Californía, Hinojosa se apartó con Moreno Villa para decirle que no hiciera mención de ese libro, porque su padre se disgustaría con la noticia de la publicación.

-No debe usted hacer eso -le dijo Moreno Villa-. Tarde o temprano su padre se enterará. Es mejor que se lo diga usted personalmente.

Habían subido a todo lo alto de la Torre Eiffel. En aquella terraza, desde donde se dominaba todo París, Hinojosa creyó llegado el momento y acercándose a su padre le dijo:

-Papá... papá... que me parece que me han publicado un libro.

En París Hinojosa tampoco encontró la solución a sus problemas literarios y morales y realizó un viaje a Moscú.

Nunca supe cuáles fueron sus reacciones ante la vida en la Unión Soviética. Pero sin duda al regreso de este viaje tenía suficientes desilusiones para abandonar el camino emprendido. Con tristeza se refugió en su familia que era muy bondadosa y afectiva. Siempre había visto mal que el hijo escribiera, pero cuando se mostró arrepentido de su obra y dispuesto a renunciar a su vocación, todos se opusieron.

-No, José María, tú tienes mucho talento y tienes que llegar a ser alguien.

Y la manera de que lo fuera fue la de financiarle una campaña política para que lograra un escaño en la Cámara de Diputados.

José María Hinojosa fue candidato del Partido Monárquico en las elecciones del año de 1936 y al iniciar su campaña política, en uno de los mítines en donde iba a contradecirse a sí mismo delante de los trabajadores explotados de sus propias tierras, fue víctima de un sangriento motín que le costó la vida.

A cuchilladas mataron sus compañeros al poeta que había soñado durante toda su juventud con una sociedad más justa.