viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XXII

Intentemos poner en mejor orden mis recuerdos [ ...] Mi mujer y mi hija se fueron a Londres antes de mi fuga a Valencia, pero aún tuve tiempo de encontrarlas otra vez antes de que embarcasen. Los días que pasamos juntos vivimos en una casa de la calle de Sordi que pertenecía a una familia muy bondadosa y agradable. Nos facilitó dicho alojamiento el gran comediógrafo Carlos Arniches.

Los dueños de dicha casa no me permitieron que la abandonase una vez que me quedé solo. Mi familia se fue en un barco de guerra de su Majestad Británica, con tanta oportunidad que [...].

[ ...] Se desplomaron techos y tabiques, abriéndose con gran estrépito el balcón de mi cuarto, por donde penetraron entre polvo y humo infinidad de escombros. Toda esa destrucción cubrió materialmente la cuna, afortunadamente sin ella, de mi niña, lo que me movió a escribirle a mi mujer una carta felicitándola. A la cual me contestó ella con otra donde me refería este no menos emocionante episodio.

Viajaba de Marsella a París con su hija en los brazos y tal vez por eso era objeto de las atenciones más delicadas y solícitas por parte de una dama francesa que la compadecía muchísimo. Esta señora se ofreció para ayudarla en todo lo referente a equipaje, busca de hotel, etc.

-Yo que voy por fin a reunirme con mi hija, que hace tres meses salió de casa en viaje de boda. Y con esta alegría y esperanza trataba de consolar a mi mujer de su separación.

Pero el destino tiene sorpresas y esta vez fue muy triste lo ocurrido. Al bajar del tren en París, Concha, que confiaba [en] su ayuda para lo del equipaje, notó que la buena señora había desaparecido. La buscó por los andenes y por fin la encontró hecha un mar de lágrimas, abrazada aun hombre vestido de riguroso luto. Era su yerno, que la esperaba para darle la noticia del repentino fallecimiento de su hija. Nadie sabe dónde el dolor espera.