viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XVI

En la casa de campo del marqués de Valdeiglesias, en Chamartín de la Rosa, cerca de Madrid, se celebraba, en los primeros días de junio de 1936, una comida aristocrática. Como he aprendido algo desde mis tiempos de Silvio y Silvia, voy a intentar una reseña social del ágape.

Cuando llegué con otros invitados, me recibió muy gentilmente el hijo de la casa, Luis Escobar «Panza», autor de una fina comedia que no llegó a leerme nunca. Me acompañó durante el recorrido de los salones, repartiendo saludos y sonrisas, hasta salir a una elegante terraza, sobre un espacioso y bien cultivado jardín, en una noche de estío. Delante de un estanque, donde se reflejaban la luna y gran cantidad de estrellas, habían colocado una gran mesa redonda con manteles de encaje. Sobre ellos la cristalería y la vajilla de plata para más de treinta invitados recibían los destellos de un precioso juego de luces.

Entre los asistentes: la duquesa de Dato, vestida pobremente de negro, que fue mi introductora en tan selecto ambiente; la duquesa de Durcal, las marquesas de Argüelles y Urquijo, la condesa de Yebes y otras damas cuyos nombres siento no recordar.

Entre los caballeros llamó especialmente mi atención el Director del ABC, don Juan Ignacio Luca de Tena, quien miraba continuamente su reloj, pues aquella noche debía de salir en avión para Londres. Luego supuse que tan precipitado viaje tendría relación con el levantamiento militar que se preparaba.

De Londres acababa yo de regresar hacía algunos meses y sobre el ambiente intelectual y político de Inglaterra se me hicieron varias y mal intencionadas preguntas. Yo las contesté con marcada simpatía por las clases populares, lo cual desconcertó a casi todos los allí presentes. También se habló de política española. Mejor dicho, no dejé hablar a nadie, tan insistente e inoportuno me comporté durante aquella cena. Recuerdo que hice con elocuencia desacostumbrada en mí una calurosa apología de la figura de don Manuel Azaña. Nadie se tomaba la molestia de contradecirme. Todos estaban íntimamente de acuerdo en que yo era un poeta lunático y que mis opiniones tenían todo lo más un valor estético.

Así pareció confirmármelo don Ignacio Luca de Tena, quien después de mi discurso profirió tan sólo este cortés comentario:

-Indudablemente, don Manuel Azaña conoce muy bien a nuestros clásicos.