viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XI

A Salvador Dalí y Gala me los volví a encontrar en París, donde la fama del pintor fue consolidándose. Trabajaba mucho y casi siempre con luz eléctrica. En su casa comí por una vez erizos de mar. Colaboré con ellos en la confección de objetos surrealistas. Muy seriamente combinaban zapatos viejos, cepillos de dientes, borlas de polvos, plumeros y al resultado de esas combinaciones las llamaban esculturas pornográficas y al taller llegaban los mejores fotógrafos de las revistas de artes para tomar vistas de tales monstruosidades.

Yo fui por unos días maestro de tipografía de Gala, porque en París también tuve una imprenta. Vivía yo como huésped en la casa de una viuda de un coronel. Familia que tenía varios hijos. Familia muy respetable. Como yo tenía que ganar dinero para mis gastos, una mañana le pedí permiso a la señora para instalar en mi cuarto mi máquina de imprimir y ella bondadosamente me lo concedió. Su sorpresa fue muy grande cuando vio que el ascensor donde yo puse la máquina se quedó atorado entre dos pisos. La pobre señora había creído que se trataba de una máquina de escribir. Pero como era más fácil subirla que bajarla, tuvo que conformarse con que yo la instalara en el cuarto.

Sobre esta imprenta casera Ramón Gómez de la Serna publicó en La Voz de Madrid un artículo lleno de sus famosas greguerías. En ellas se contaba que yo con la imprenta en mi cuarto debía de parecer un monedero falso. Este comentario me produjo disgustos familiares, pues el artículo fue convertido en noticia y de Málaga me escribieron mis hermanos reprochándome mi deshonrosa conducta.

En mi imprenta de París publiqué el libro más breve de que tenga memoria. Constaba de ocho páginas y aparte de la portada, que llevaba por título Un verso para una amiga, solamente tenía impresa una palabra en cada una de sus páginas. El total de la composición dice:

«Escucha mi silencio con tu boca.»

Hice sin gran esfuerzo la traducción al francés y me pasé varios días imprimiendo el escueto poema. Fue el mejor negocio editorial de mi vida, pues aquellas ocho páginas circularon por París como tarjetas de Navidad y se vendieron bastante. Lo malo fue que en una de las librerías donde tuvo más éxito el folleto, me entregaron a cambio una primera edición de lujo, ejemplar numerado, del Ulises de Joyce. La librería se llamaba Shakespeare & Co., y en ella me presentaron al gran escritor irlandés, cuyo libro me sirvió como regalo para corresponder a la invitación que me hizo un amigo de pasar una semana en Suiza.