viernes, 26 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XX

Por aquellos días sucedió algo que hizo que yo [ ...] sintiera arrepentimiento de mi oficio de escritor. De buena gana, conforme me enteré del caso, hubiera preferido no haber escrito nunca.

El motivo fue una carta que recibí, acompañando un pequeño paquete, desde las oficinas de las milicias de cultura. Y recuerdo emocionado su contenido, que tanta inquietud y satisfacción me produjo.

La lucha era muy intensa en el campo de la Ciudad universitaria, en tierra de nadie, entre los dos fuegos, estaba la casa de Vicente Aleixandre, gran poeta y uno de mis más entrañables amigos; casa deshabitada, naturalmente combatida por el fuego de la artillería y los fusiles de los dos bandos y en cuyo interior supusieron que se encontrasen obras de arte, libros y originales inéditos del mismo Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, de Pablo Neruda y los míos, que fueron recibidos con la antedicha carta. En ella se decía que, por salvar entre otras cosas mis poemas inéditos, habían expuesto heroicamente su vida unos cuantos milicianos. Gesto admirable que no olvidaré nunca, pero que me produjo al mismo tiempo una justificadísima tristeza. Los poemas salvados, leídos con serenidad, no merecían una gota de sangre.

Por salvarle la vida a un solo hombre soy capaz de no volver a escribir una línea.